El Ermitaño

 

Esta mañana disfrutaba del maravilloso paisaje otoñal de los bosques gallegos, acompañado por un grupo de amigos. Cuando tras culminar la ascensión de un altozano, nos encontramos con una aldea en apariencia abandonada. Era una sucesión de esqueletos de piedra que se desparramaban por la suave pendiente que conducía a una carballeira. Esos armazones destartalados, que antaño cobijaron a familias de labradores, ahora solo eran vestigios de una época pasada. Por donde antes se podían oír voces de adultos y risas infantiles, hoy en día solo se puede escuchar el silencio de la desolación.

De repente una compañera exclamó:

“Parece que en esa casa vive alguien”

Se trataba de una casucha apenas un poco menos desvencijada que el resto de las ruinas, donde efectivamente, existían huellas de presencia humana.

Nos asomamos al muro que rodeaba la chabola y al poco rato salió de ella, un hombre que nos recibió con un cuchillo herrumbroso en la mano. Sin duda temeroso de las intenciones de aquellos forasteros, que habíamos llegado para perturbar su paz. Lo tranquilizamos con buenas palabras y el anacoreta tras mudar su actitud, se prestó a hablar con nosotros.

Nos dijo que vivía allí con una compañera, cosa que no nos creímos, porqué era evidente su soledad. Nos contó que vivía en ese lugar, por propia voluntad, que no disponía ni de electricidad, ni agua corriente. Ni tampoco cosa inaudita en estos tiempos, de internet. Allí a la sombra de un limonero cargado de frutos, como único compañero. Vive ese ser humano, en un sitio lejano de todo y cercano de nada. Tras una breve charla, nos despedimos y poco a poco fuimos dejando atrás al solitario.

Su presencia causo en mi una honda impresión, reafirmando la teoría que tengo de que hay gente para todo.

JCT

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